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"Federico Zurita Hecht"

Cielo abierto , de Federico Zurita Hecht

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Después de que todos esos aviones se cayeron a tierra, las autoridades de todo el mundo prohibieron los vuelos. Y ya pasaron muchos años desde que esa decisión se convirtió en ley. A mi padre no le gustaba la ciudad, así que nos instalamos en una linda y amplia casa alejada del bullicio y todos los días realizábamos un viaje de cuarenta minutos en el auto. Nos dejaba, a mi hermano menor y a mí, en el colegio, luego se iba a su trabajo y por la tarde realizábamos el recorrido de vuelta. En nuestra casa también vivía nuestro abuelo. Él siempre nos contaba historias de los tiempos en que los aviones podían volar. Decía que había viajado una docena de veces, luego vino la guerra y la nueva ley, pero nunca se olvidó de lo hermoso que era volar. Las ciudades se veían tan pequeñitas, nos contaba el abuelo, las personas parecían hormiguitas, las montañas parecían...

Vivir como Federico

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FEDERICO ZURITA HECHT Cuando era niño odiaba mi nombre, porque a los otros niños les encantaba burlarse haciéndolo rimar de la manera más obvia, con alusiones a gustos que supuestamente yo tendría sólo por el hecho de llamarme Federico. Estupideces de niños. Y algunos adultos decían "eso es normal". Y resulta que es común, pero no normal. Mi abuelo se llamaba igual que yo, pero tal como lo recuerdo -fuerte y valiente-, él se debe haber defendido a combo limpio. Y su padre, un alemán que nació en la ciudad de Colonia, se llamaba Frederic, y supongo que en su idioma su nombre no rimaba con nada que pudiera generar burlas. Y aunque hubiera existido una forma de molestarlo, mi madre me contó alguna vez que él era un tipo imperturbable, que se imponía con los ojos. Yo, en cambio, que siempre fui malo para los combos, no tuve más remedio que el odio: a los otros niños y a...

Microcuentos

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Encontrar la salida Aquella mañana se despertó nuevamente de aquella caótica pesadilla del laberinto, donde corría sin parar y sin encontrar una salida. No comprendía que significaba, pero ya se había repetido demasiadas veces en el último tiempo. Agotado, se levantó y fue a comer algo. Siempre se despertaba hambriento y cansado después de tan agobiante sueño. Terminó de comer y lo cogieron unas enormes y fuertes manos, que le inyectaron una extraña fórmula y lo volvieron a depositar entre las paredes del interminable laberinto. Ojalá que al fin pueda encontrar el queso dijo el tipo del delantal blanco. Mal que mal, estuve horas construyendo el laberinto. Andrés Sierra La noche de Miguel Lo que más quería Miguel era tener un auto rojo y salir a recorrer la ciudad por todas las horas que su cuerpo se lo permitiera. La leucemia lo tenía al borde de dejar de...

Nada sobre Dios

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por Federico Zurita Hecht Llevaba tres meses sin escribir una sola línea y mi jefe me amenazó diciendo que no habrían más cheques hasta que llegara con un par de capítulos terminados de la teleserie. Hablaba en serio, así es que decidí mantenerme sobrio y comenzar a escribir, de otro modo los temblores del cuerpo no me permitían concentrarme. Salí a la calle a observar a la gente, a escuchar sus conversaciones, a buscar historias. Me perdí en los malls, me subí a las micros y me encerré en los vagones del metro. Llené cassettes con conversaciones tontas y varias páginas con situaciones aburridas sin conseguir nada interesante. A veces estaba tan cansado y sediento que me tomaba una cerveza, pero después de una ya no podía parar y al día siguiente no me quedaban fuerzas para pensar, ni mucho menos para levantarme de mi cama. Había pasado cuatro días sin tomar una...

El Ultimo Minuto y Todo Lo Que Ocurrió Después

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por Federico Zurita H. El partido de Chile con Brasil aún no terminaba cuando murió Felipe, mi hermano menor. Ocho horas antes había sufrido un accidente. Un conductor arrasó con él y con su bicicleta. Después huyó sin que yo alcanzara a hacer nada. Llevé a Felipe al hospital y me quedé todo el día acompañándolo. Cuando faltaban veinte minutos para las once de la noche, el médico me informó que ya nada se podía hacer. Fue una explicación corta y simple. El doctor quería deshacerse de mí con rapidez, pues al parecer tenía planes. Felipe murió cuando recién había cumplido once años y a nadie parecía importarle lo que yo sintiera. Era martes, invierno y feriado, el peor día de mi vida. Y en medio de esa desazón tuve que dar algunos datos y firmar papeles. El resto lo haría a la mañana siguiente. Estaba agotadísimo y todo recién comenzaba, pero antes de...

Primera persona singular

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Por Federico Zurita Hecht Típico: uno es más feliz imaginándose lo bien que lo va a pasar (en esa fiesta o en el estadio o donde sea que uno lo pase bien) que cuando esas cosas por fin ocurren. La expresión "lo vamos a pasar chancho" se te sale de la boca con más entusiasmo que la frase "lo estoy pasando súper bien". Y eso da un poco de rabia, un poco no más. Al revés parece ser exactamente igual, aunque con más rabia de por medio. Peor que morirse es estarse muriendo, porque los muertos ya no sienten nada; en cambio las agonías tienen esa cosa extraña que las hace sentir interminables con algo que te está permanentemente punzando y molestando y haciéndote sentir que el tiempo no pasa y que el descanso, que a esa altura se te vuelve una necesidad, no llega nunca. Y la tonterita sigue repitiéndose, no hay que estarse muriendo para saberlo, porque peor que sentirse muerto...

Eterna juventud

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FEDERICO ZURITA HECHT No voy a decir mi edad, pero sí mencionaré que cada vez que la digo la gente no suele creerme y una exclamación larga sale de sus bocas, acompañada de un rostro de: "Por nada del mundo puedo creerte eso que me estás diciendo". Suena como una exageración, pero no lo es. Si hasta diez años menos me han echado y a esta altura de mi vida eso se ha vuelto tremendamente reconfortante. El chiste típico que me hacen en este tipo de situaciones es obvio y está relacionado con "El retrato de Dorian Grey", y una vez tras otra saca la misma contundente cantidad de carcajadas. Yo, por mi parte, ya hace muchos años que dejé de encontrarlo gracioso (lo que constituye el único problemita de esta situación), y me dan ganas de decirle al asombrado de turno que si no se le ocurre algo más original o de preguntarle si acaso ha leído, al menos, el mentado libro de...

La misma situación

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Por Federico Zurita Hecht Tenía 16 cuando di la prueba de aptitud y hoy, luego de entrar y salir de una carrera que ejercí por tres años, me vuelvo a encontrar en la misma situación. Y aunque esperaba obtener un mejor puntaje, creo que por fin podré estudiar algo que me vuelva loco. Pero no lo he pasado bien. Estaba mucho más nervioso que la primera vez, suponiendo que ésta era mi última gran oportunidad para arreglar las cosas. Me aterraba la idea de que nada resultara como lo tenía planeado y que tal vez tendría que volver a ejercer esa tonta disciplina por la que opté cuando solo tenía 17. Ese es el problema. ¿Cómo podríamos saber antes de los veinte qué es lo que queremos hacer durante los siguientes cuarenta años? Es descabellado y quizás esa sea la causa de tanto profesional que siente que su trabajo es el más jodido de todos. Me equivoqué. Y es cierto que...

Las razones del miedo

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Federico Zurita Hecht Debería estar seguro de que no hay razones para tener miedo, de que ningún fantasma habitará mi casa, ni algún demonio se meterá en mi cuerpo, ni cierta mujer saldrá del televisor luego de que yo haya visto aquel video mortal, ni alguna profecía dará paso a la era de las tinieblas. Sí, debería estarlo, porque esos son sólo clichés impuestos por el cine y porque lo cierto es que existe mucha ficción que no está pensada como imitación de la realidad, sino como historias fantásticas que ni siquiera tienen un afán simbólico. Pero todo lo que pueda decir no me hará tener menos miedo. Y al día siguiente me sentiré tonto. Los procesos intelectuales deberían estar de mi lado, pero el saber eso no parece ser suficiente porque la razón siempre me termina traicionando y por muy seguro que debiera estar, cualquier crujido me parece sospechoso y puede...

Dando una vuelta en U

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Federico Zurita Hecht Recuerdo perfectamente que yo tenía siete años la primera vez que alguien me regaló un libro. No recuerdo el título, pero sé que era Navidad y que esa persona se llamaba "señora Ximena" y me adoraba, porque yo a los siete años era adorable. No sé qué me pasó después. En la actualidad no tengo idea dónde vivirá la tal señora Ximena, porque hace hartos años que dejé de saber de ella. El caso es que si esa señora supiera que ahora estudio licenciatura en Literatura de seguro sentiría que ese regalo que me hizo a los siete años fue completamente determinante; como una epifanía en mi vida, porque aparte de regalarme un objeto, me regaló una vocación. Y claro, si me la encontrara ahora mismo y se reprodujera, en una sola escena, todo lo que acabo de mencionar sobre el orgullo de esta señora, a mí me daría una pena tremenda tener que decirle...
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