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Qué opera más fantástica. Oleadas de sonido, grandes voces en disputa, un libreto bastante superior a lo habitual, dramaturgia eficiente. Y por encima de todo, el sonido de Verdi, con su pulso, su ansiedad, su angustia y también su lirismo interminable. Karajan no fue grande en todo, pero fue muy grande en ciertas cosas. Aquí su batuta es excepcional a la hora de comunicar esa marea incesante, ese bullir de pasiones y esa determinación teatral tan elocuente. Tampoco olvida sutilezas entrañables, como su manera inusual de abordar "O patria mia" junto a una Mirella Freni delicada y él bombardeando su lirismo, envolviendo de impaciencia la atmósfera y cargando de sensualidad sus recuerdos de la tierra perdida.
El elenco es opulento, aun cuando no todas las voces son las habituales en este repertorio, en especial si estamos acostumbrados a Cigna, Corelli, Milanov o Del Mónaco.