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Hay escritores (y músicos, diseñadores, artistas) cuyas creaciones póstumas deben continuar encerradas bajo siete llaves, pues su descubrimiento aporta poco a la apreciación del conjunto de su corpus. Pero hay otros que, años después de su muerte, logran deslumbrar, causar admiración e incluso descolocar al lector, quien creía, con o sin motivos, que el canon del novelista se encontraba en un estado similar al de la rigidez estatuaria. Para gloria de nuestras letras, José Donoso pertenece a esta última categoría. El Mocho, publicada después de su fallecimiento, nos devolvió al narrador siniestro, esperpéntico, sombrío que concibió Coronación, El lugar sin límites o El obsceno pájaro de la noche. Y ahora, en Lagartija sin cola, un manuscrito encontrado hace un par de años, el prosista chileno nos demuestra, una vez más, que él sigue más vivo que hace 34 años,...